Norma de Bellini

Norma se estreno en el Teatro de la Scala, el 26 de diciembre de 1831. Dada la calidad de la obra, y el enorme éxito de sus anteriores estrenos en Milán, Bellini tenía buenas razones para esperar otro triunfo. No fue así, y en un primer momento de gran decepción el orgulloso joven (tenía treinta años) escribiría: “¡Fiasco! ¡Fiasco! ¡El más completo fiasco! A decir verdad, el público ha sido severo, parece que no haya venido más que para juzgarme”

“He elegido ya el tema de mi nueva ópera. Es una tragedia de Soumet titulada Norma ou l’infanticide, que se representa en estos momentos en París con éxito estrepitoso” Así se expresó Vincenzo Bellini a finales de julio de 1831 en una carta a Alesandro Lamperi, un conocido empresario de Turín. La tragedia a la que se refería era obra del dramaturgo francés Louis Alexandre Soumet, que, como muchas obras con más morbo que originalidad, fue un rotundo éxito cuando se estrenó en París a principios de 1831. En realidad la obra de Soumet bebe de una gran fuente literaria: la del escritor y hombre de estado Francois Rene, vizconde de Chateaubriand, que publicó en 1809 Les Martyrs, poema que trata del amor entre un procónsul romano y una virgen. Tampoco debemos olvidar La vestale, ópera fundamental en el repertorio de Spontini, estrenada en 1807.

Así pues, el tema no era nuevo cuando lo presentó Soumet, pero gustó al público parisino, y también al periodista y libretista de origen genovés Felice Romani, responsable de la letra de algunas de las más importantes óperas belcantistas, como L’elisir d’amore, o Anna Bolena, de Donizetti, o Aureliano In Palmira de Rossini. Romani ya había tratado un tema similar en su libreto para La sacerdotessa d’Irminsul, una de las muchas óperas olvidadas de Giovanni Pacini estrenada en el Teatro Grande de Trieste en 1820.

Fue otro compositor, Saverio Mercadante, el que había presentado a Bellini a Felice Romani al poco tiempo de llegar el joven compositor a Milán en 1827. Primero participó en la revisión de Blanca e Fernando, que se estrenó como Blanca e Gernando en Genova en 1828. Pero fue el éxito de El Pirata, con libreto íntegramente de Romani, el que sellara su continuada colaboración en lo que acabarían siendo siete óperas de Bellini.

Tras La straniera e I Capuleti e I Montecchi, ambas grandes éxitos, colaboraron en La sonnambula, otro auténtico triunfo. Para Norma, pues, el equipo ya estaba formado y rodado. Otro miembro fundamental era Giuditta Pasta, la soprano que ya había saboreado la fama con el papel de Romeo en I Capuleti e I Montecchi. Bellini contaba con ella para Norma, y se lo hizo saber en una carta fechada el uno de septiembre de 1831: «Romani no me ha entregado la trama hasta ayer. Él la considera de gran efecto y muy adecuada al carácter enciclopédico de usted, tan próximo al de Norma.»

En esta carta descubrimos que hasta el uno de septiembre Bellini no tenía un detallado argumento para una ópera que tenía que estrenar el 26 de diciembre del mismo año. Septiembre y octubre se dedicaron íntegramente a la composición, y los ensayos empezaron en diciembre, posiblemente el día cinco. Lo más probable es que incluso entonces no estuviera del todo terminada, ya que los ensayos servían también de laboratorio en el que probar, comprobar y ajustar los detalles compositivos de la obra. Pero no hubo retraso en el estreno, que tuvo lugar en la Meca de la ópera, el Teatro de la Scala de Milán, el día 26 de diciembre de 1831.

Dada la calidad de la obra, y el enorme éxito de sus anteriores estrenos en Milán, Bellini tenía buenas razones para esperar otro triunfo. No fue así, y en un primer momento de gran decepción el orgulloso joven (tenía treinta años) escribiría: «¡Fiasco! ¡Fiasco! ¡El más completo fiasco! A decir verdad, el público ha sido severo, parece que no haya venido más que para juzgar me…» Algunos decían que la amante de su rival, Giovanni Pacini, una influyente y acaudalada condesa rusa, había mandado a un grupo de personas para envenenar el estreno; otros han comentado que los cantantes debieron estar exhaustos tras los intensísimos ensayos de todo diciembre, llegando al estreno un tanto maltrechos… En realidad no fue para tanto, y cuanto más se representaba, más gustaba.

Desde entonces, Norma se ha convertido en una piedra de toque para muchas grandes voces; requiere la solidez en medios y graves de una soprano dramática y la agilidad en agudos de una coloratura. Una voz más potente, en suma, que la que normalmente se asocia con el ideal del bel canto. Pide también una considerable capacidad como actriz.

La abarcó con éxito Jenny Lind, y Lilly Lehmann la eligió para su actuación benéfica en la Metropolitan Opera de Nueva York en 1890. También la cantó con notable éxito Montserrat Caballé, pero para muchos, la única, la Norma definitiva es quizá la más llorada, seguramente la más trágica: Maria Kalogeropoulos, la Callas

Fuente: Hagaselamusica.com

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