Giacomo Puccini: 152 años de su nacimiento

De niño ya tocaba el órgano, luego asistió al Conservatorio de Milán, donde fue alumno de Ponchielli. A los 26 años compuso su primera ópera (Le Villi), una obra sobre ondinas que enfocó desde un punto de vista romántico. Cinco años después compuso una ópera muy interesante, Edgar, que no salió adelante por tener un libreto débil. En 1893, la madurez de su personalidad se manifestó con claridad en la partitura de Manon Lescaut, una obra que obtuvo un gran éxito y que sostuvo una dura competencia con Manon de Massenet, aparecida pocos años antes.

En 1896 alcanzó la maestría completa con La Bohéme. Rápidamente aumentó su prestigio en Italia y poco después también en la vida operística internacional. Sin embargo, el entusiasmo del público es compartido raras veces por los críticos, que, años después de la muerte de Puccini, siempre encontraban algo que objetar. Como si la melodía que penetra en el oído y en el alma, como si el sentimiento auténtico, que sólo los insensibles quieren degradar convirtiéndolo en «sentimentalismo», fueran errores.

Puccini sigue impertérrito su camino: Tosca, en 1900, y Madame Butterfly, en 1904, le aseguran la fama mundial, innumerables representaciones y ganancias gigantescas. La historia de la música parece querer continuar el dualismo de épocas anteriores: así como una vez se opusieron Verdi y Wagner, del mismo modo se crea una relación parecida entre Puccini y Richard Strauss, cuyas óperas compiten con frecuencia. Sin embargo, el mundo del teatro musical era suficientemente amplio para ambos, como lo fue en el siglo XIX, a pesar de todas las luchas.

Entre tanto, Estados Unidos había entrado en liza: el Metropolitan Opera de Nueva York se convierte en una de las instituciones más importantes de la cultura operística. El Metropolitan se puso en contacto con Puccini, y para él creó La fanciulla del West. Viena quiso una opereta, Puccini se dejó convencer y firmó el contrato; pero cuando compuso La rondine, estalló la Primera Guerra Mundial y no se podía ni pensar en un estreno de un italiano en la capital de Austria. Por último, Puccini creó para Estados Unidos tres óperas en un acto: una ópera verista, otra mística y la tercera cómica conformaron el Tríptico (1918), cuya unidad (II tabarro, Suor Angélica, Gianni Schicchi) no siempre se respetó en los años siguientes, de manera que Gianni Schicchi se ha representado más veces que las otras dos.

Mientras trabajaba en Turandot, se le diagnosticó cáncer de laringe, pues Puccini fumaba mucho desde hacía tiempo. La operación que se le practicó en Bruselas no pudo salvarlo; murió allí el 29 de noviembre de 1924. El entierro, en su propia villa Torre del Lago, fue todo un espectáculo. Turandot estaba tan adelantada que su amigo Franco Alfano (compositor de muchas óperas, entre ellas una bella Resurrección), partiendo de los esbozos que había dejado el compositor, pudo dejar la obra lista para ser representada. Puccini completó con ella una vida rica en grandes obras y añadió a la galería de sus figuras femeninas dos más y de las grandes: Manon, Mimi, Musette, Tosca, Butterfly, Minnie, Angélica, Lauretta, Turandot, Liu.

Puccini era “verista” para muchos musicólogos, es decir, naturalista musical; sin embargo, el componente romántico fue muy fuerte en él. “Umanitá, sopra tutto… umanitá!”, era su divisa. ¿Hay consigna más bella para un artista? Puccini fue el compositor del amor, de la sensibilidad, de la ternura; los que, desengañados de la vida cotidiana, buscan en su música un poco de consuelo, un poco de calor, llegan en peregrinaje a las representaciones de sus óperas. Posee hasta el día de hoy, junto con Mozart y Verdi, las cifras de representación más elevadas de todo el mundo; los cantantes y el público lo aman y seguirá siendo así por siempre

Fuente: Hagaselamusica.com

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